Igual que anidan las rosas
en verde lecho de espinas,
mi alma arde en tierra de encinas,
de pinos y mariposas.
Luciérnagas del camino
me llevan a Sarratillo,
entre aromas de tomillo
he llegado a mi destino.
Una soga en la carrasca
despierta gran emoción,
desciendo con precaución
y caigo en la follarasca.
Gorriones cantan al alba
y a la luz de primavera,
la lluvia canta en hilera
asomada a la tozalba.
La poza susurra al viento,
el viento pierde la calma,
un reflejo hiela el alma:
la niña de agua en lamento.
“Hija soy de aquel cadí
vencido en estas montañas,
nacida entre dos Españas,
nadie se acuerda de mí”.
¿Quién te robó la sonrisa
arrojándote al destino,
te vistió de luna y lino,
y sólo te arropa la brisa?
“Fue una bruja enamorada
que a mi padre desterró,
a mi madre la enterró,
y por celos fui hechizada.
En noches de luna mora
podrán romper el hechizo
con sólo un beso castizo
antes de apuntar la aurora”.
Me marcho con el rocío,
pero muy tarde he venido,
que no caiga en el olvido
la triste niña del río.
Si vienes por Sarrastaño
y la senda te cautiva,
la parte más emotiva
será el camino de antaño.
Mil guirnaldas de violetas
te guiarán hasta la cueva,
como una ofrenda, aunque llueva,
serás luz de los ascetas.
Suspirará el agua quieta
llamándote por tu nombre,
y que el misterio te asombre
en su claridad inquieta.
La niña reirá en un tris
cuando tu beso la alcance,
y comenzará el romance
de la Cueva del Anís.
Ángeles Grasa Pelegrín
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